Los Luthiers de la Tuna: las manos que dan forma al sonido
Hay una parte de la Tuna que no siempre se ve sobre el escenario. No lleva capa ni cintas, no canta serenatas ni recorre calles en la madrugada… pero sin ella, nada sonaría igual.
Porque detrás de cada bandurria que proyecta, de cada guitarra que acompaña, de cada laúd que sostiene el conjunto, hay manos que construyen, ajustan y devuelven la vida a los instrumentos. Manos que entienden la música no solo desde el oído, sino desde la madera.
Y lo más interesante es que, en muchos casos, esas manos pertenecen a tunos.
Tunos que, tras vivir la música desde dentro, decidieron dar un paso más: construirla. Entenderla desde su origen. Adaptarla a la realidad de la calle, del parche, del escenario improvisado.
Este es un recorrido por algunos de esos tunos luthiers que, desde distintos lugares, mantienen viva otra dimensión de la tradición universitaria.
Luis Silva “Chogui (Jerjes)” — Tuna de Ingenieros Navales UPM (España)

Hay trayectorias que comienzan antes de la propia Tuna, incluso antes de la universidad. En el caso de Chogui, su relación con la luthería se remonta a 2003, en plena adolescencia, cuando empezó a construir sus primeros instrumentos de forma autodidacta, en una etapa inicial marcada por la experimentación y el aprendizaje desde lo más básico.
Aquellos primeros trabajos, de nivel sencillo, fueron sentando las bases de un interés que crecería con el tiempo. Al llegar a la universidad, su enfoque dio un salto importante, orientándose hacia la construcción de instrumentos de música antigua, como guitarras barrocas o laúdes renacentistas, alejados aún del contexto propio de la Tuna.
Fue en paralelo a esa evolución cuando comenzó su vínculo más directo con el entorno tunante, no desde la construcción, sino desde la reparación. Empezó a ajustar, mejorar y solucionar los problemas de los instrumentos de sus compañeros, entendiendo de primera mano las necesidades reales de quienes los utilizan en la Tuna.
Ese proceso marcó una diferencia clave en su trayectoria: la construcción de instrumentos no tuniles fue anterior, mientras que el trabajo con instrumentos de Tuna llegó después, desde la práctica y la convivencia musical.
Hoy, esa doble experiencia —la formación en instrumentos históricos y el conocimiento práctico de la vida tunante— se refleja en su manera de entender el instrumento: equilibrio entre técnica, funcionalidad y adaptación a un uso exigente, donde el instrumento no solo debe sonar bien, sino responder al ritmo real de la Tuna.
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Enrique Falcón “Kike” — Tuna de la Universidad Nacional Agraria La Molina (Perú)

Su camino en la luthería comenzó en 2009, cuando inició como aprendiz bajo la guía de su abuelo, don Abraham Falcón García. Fue él quien le transmitió el oficio y lo introdujo en el arte de la construcción de la guitarra. A partir de ahí comenzó un proceso de aprendizaje que se prolongó durante siete años, hasta que en 2016 logró construir su primera guitarra.
Ese inicio marca claramente su trayectoria: una formación basada en la tradición, el aprendizaje directo y el trabajo constante.
Actualmente, su labor se centra principalmente en la guitarra, aunque también construye requintos, bandurrias, laúdes españoles, mandolinas cuzqueñas y charangos, además de realizar restauraciones en general. Un abanico amplio que refleja tanto la versatilidad del oficio como su adaptación a distintos estilos y necesidades.
En su caso, ser músico sí influye en su manera de trabajar. No tanto desde la estructura del instrumento, sino desde la sensibilidad: entender el timbre, el color y la forma del sonido le permite ajustar y mejorar aspectos que los tunos necesitan en la práctica real.
Tiene claro que el sonido de una Tuna no depende de un único factor, sino de la suma de varios elementos. En primer lugar, instrumentos bien construidos y correctamente calibrados. A esto se añade la calidad de las cuerdas y, finalmente, la destreza de los propios músicos. Solo cuando todo eso se combina, se consigue un sonido claro, equilibrado y agradable.
En cuanto a los instrumentos pensados para Tuna, destaca tres cualidades fundamentales: potencia, resonancia y versatilidad.
El instrumento debe responder tanto en un parche como en una ronda o en un escenario. Sin embargo, también reconoce que hay tunos que buscan un sonido más cercano al concierto, más clásico y matizado, dependiendo de su etapa y preferencias.
Entre sus experiencias, hay una observación que se repite con frecuencia y que resume bien su trabajo: en más de una ocasión, clientes han comparado sus instrumentos de gama media con otros importados mucho más costosos, destacando su calidad. Una señal clara de que el camino es el correcto.
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Leonardo Navarro “Pagafantas” — Tuna Universitaria de Las Palmas de Gran Canaria (España)

Su incursión en el mundo de la construcción de instrumentos comenzó hace alrededor de once años, en torno a 2015. Sin embargo, la inquietud venía gestándose desde antes, cuando comenzó a formar parte de la Tuna durante sus últimos años universitarios. Fue en ese entorno donde empezó a mirar el instrumento con otros ojos: no solo como intérprete, sino como alguien que quería entenderlo desde dentro. Con el tiempo, esa curiosidad se transformó en oficio.
Hoy trabaja con una amplia variedad de instrumentos de cuerda: guitarras, bandurrias, laúdes, bandurrias contralto, laúdes cubanos, mandolinas, mandolas, cuatros puertorriqueños, requintos, timples y, como él mismo dice, “alguna cosa rara” que le puedan encargar. Una versatilidad que refleja tanto su experiencia como su disposición a enfrentarse a nuevos retos.
En su caso, ser tuno ha sido una preparación constante. Más que influir en una técnica concreta, le ha dado una mentalidad abierta y resolutiva: estar preparado para cualquier desafío.
Tiene claro que para que una Tuna suene bien en conjunto, hay dos pilares fundamentales: que el instrumento afine correctamente y que tenga una buena proyección sonora. Sin eso, no hay base sobre la que construir el sonido grupal.
Actualmente trabaja con instrumentos de nivel de concierto o profesional, lo que implica también un compromiso por parte del músico. No se trata solo de tener un buen instrumento, sino de saber cuidarlo y sacarle todo su potencial.
Entre sus trabajos, hay uno que ha dejado huella en el entorno tunante: una bandurria azul, fabricada como regalo de boda para una compañera de la Tuna de Ciencias de Málaga, que sorprendió a toda la comunidad.
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Carlos Torres “Gonzo” — Tuna de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (México)

Hay historias en la Tuna que nacen de la necesidad más que de la tradición. La de Gonzo comienza en 2009, cuando decidió construir su primera bandurria tras convivir con instrumentos que apenas resistían el ritmo universitario. Muchas de las que utilizaban —procedentes de Paracho, Michoacán— duraban un semestre con suerte y resultaban duras e incómodas, hasta el punto de ganarse el apodo de “remos”.
En aquellos años comenzaban a verse en México las bandurrias Alhambra, un referente de calidad pero fuera del alcance de muchos estudiantes. Fue entonces cuando surgió la idea: construir su propio instrumento. Con la ayuda de sus compañeros, Tuno Rata y Tuno Lukas, tomó medidas, estudió formas y comenzó un proceso autodidacta marcado por la escasez de información y la dificultad de acceder al conocimiento.
Encontró una base en el blog guitarra.artepulsado.com, donde el maestro Rafael López Porras compartía algunos principios de construcción. A partir de ahí diseñó sus primeras soleras y comenzó a desarrollar sus propios instrumentos, entendiendo que el aprendizaje en la luthería, como en la Tuna, se construye paso a paso.
Su trabajo se centra hoy en la construcción de bandurrias y laúdes, con una producción limitada que combina con la restauración y reparación. Este último aspecto ha sido clave en su evolución, permitiéndole estudiar instrumentos antiguos y comprender su desarrollo a lo largo del tiempo, acercándose cada vez más al sonido que busca.
Ser tuno influye directamente en su forma de construir: busca instrumentos cómodos, con buena proyección y capaces de soportar largas jornadas de música. Su objetivo es también trabajar con maderas mexicanas y ofrecer instrumentos accesibles, convencido de que un buen instrumento favorece la evolución del músico.
Para Gonzo, el sonido de la Tuna no depende únicamente del instrumento, sino del trabajo conjunto. Afinación, ensayo y convivencia son los pilares que permiten que un grupo suene realmente unido. Porque más allá de la herramienta, es la práctica compartida la que define el resultado.
Como anécdota, recuerda una guitarra flamenca barnizada con goma laca en la que, ante la falta de aceite adecuado, utilizó aceite de oliva previamente usado en cocina. El resultado fue sorprendentemente bueno, y el instrumento terminó siendo bautizado como “La Garnacha”, reflejo perfecto del ingenio que también forma parte del espíritu tunante.
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Guillermo Chicón “Sereno” — Tuna de Magisterio de Málaga (España)

Desde sus inicios como novato en la Tuna de Magisterio de Málaga, mientras aprendía a tocar la bandurria, comenzó a interesarse por todo lo que rodea al instrumento: qué cuerdas utilizar, por qué unas bandurrias resultan cómodas y otras no, o qué hace que algunas sean especialmente difíciles de afinar. Esa curiosidad inicial fue creciendo con el tiempo.
El punto de inflexión llegó al descubrir la Escuela Malagueña de Luthería del maestro Chico Chacón. En 2022 decidió dar el paso e ingresar en ella para construir su primera guitarra. Antes incluso de terminarla, ya había empezado a montar poco a poco su propio taller.
Su trabajo se centra principalmente en la construcción de guitarras y bandurrias, aunque también ha realizado algún ukelele como ejercicio, y se animó a fabricar un laúd contralto por pura curiosidad. Un experimento que, según reconoce, confirmó lo que sospechaba: es un instrumento tan interesante como divertido de tocar.
En el ámbito de las reparaciones, su experiencia es especialmente variada. Por su taller han pasado desde laúdes, bandurrias y guitarras —a veces literalmente en varias piezas— hasta instrumentos menos habituales como contrabajos, charangos, bombos o cajones. Incluso llegó a reparar el palo de la bandera de una Tuna, una muestra más de la diversidad de encargos que puede generar este entorno.
Ser músico antes que luthier marca claramente su forma de trabajar. Le aporta un conocimiento práctico esencial para valorar y ajustar instrumentos, especialmente en el caso de la bandurria, su instrumento principal. En un ámbito donde hay poca teoría publicada y donde el ajuste es especialmente delicado, considera imprescindible saber tocarla para poder construir una bandurria digna. En la Tuna, tiene muy claro cuál es la prioridad: el volumen.
En entornos ruidosos o al aire libre, la proyección es fundamental. Más aún en situaciones donde un solo púa debe imponerse frente a varias guitarras, o al contrario. En esos casos, es imprescindible un instrumento con presencia, capaz de destacar sin esfuerzo excesivo. Y, por supuesto, bien entonado y afinable, para evitar problemas en el conjunto.
También introduce mejoras prácticas en sus instrumentos: refuerzos adicionales en los aros para soportar golpes inevitables, diseños más ligeros y estrechos para facilitar su transporte, y la instalación de correas con sistemas de seguridad para el uso diario.
Entre sus trabajos, recuerda especialmente uno que resume bien el valor emocional de este oficio: la restauración de una bandurria artesana de 1989 que le llegó completamente desmontada, con el cuerpo por un lado y el mástil por otro. Tras reconstruirla y devolverle su funcionalidad, su dueño —un antiguo tuno— pudo volver a tocarla después de muchos años.
Un reto técnico… pero, sobre todo, un pequeño orgullo personal.
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Evaristo Galdeano «Evaristo» — Tuna de Medicina de Huesca (España)

Hay caminos hacia la luthería que no comienzan en la juventud, sino que llegan con el tiempo… cuando la vida deja espacio para retomar lo que siempre estuvo ahí.
El de Evaristo comienza tras su jubilación como médico pediatra. Aunque hoy sigue vinculado a la consulta privada algunos días, fue ese cambio de ritmo el que le permitió dar un paso que llevaba años latente: formarse como luthier. La madera, en realidad, no le era ajena. Desde joven había aprendido ebanistería, cultivando una relación con el trabajo manual que con el tiempo encontraría un nuevo sentido en la construcción y restauración de instrumentos.
Decidió entonces formarse con un luthier profesional, iniciando una etapa de aprendizaje que pronto se tradujo en resultados. Entre sus primeros trabajos destaca la restauración integral de una bandurria de más de 60 años, a la que logró devolver la vida. Actualmente tiene en construcción dos nuevas bandurrias realizadas con maderas de más de medio siglo de antigüedad, y proyecta seguir desarrollando instrumentos —bandurrias, laúdes y guitarras— utilizando maderas como ciprés, nogal o palo santo de India, explorando también modelos de tiro largo.
Su vínculo con la música viene de mucho antes. Desde los siete años ha tocado bandurria, laúd y también guitarra, formando parte de rondallas, grupos folklóricos y, por supuesto, la Tuna. A los 17 años ingresó en la Tuna de Medicina de Huesca, iniciando un recorrido musical que hoy continúa en distintas agrupaciones, incluyendo una orquesta de pulso y púa.
Esa experiencia como músico marca claramente su visión del instrumento. Para Evaristo, en la Tuna el instrumento debe ser potente, estable en afinación y capaz de adaptarse a las condiciones cambiantes de tocar en la calle. Por eso defiende, siempre que sea posible, el uso de maderas del entorno, que respondan mejor a las variaciones de temperatura y humedad.
También distingue entre etapas: el tuno joven necesita un buen instrumento, pero no necesariamente uno de nivel concertista. Con el paso del tiempo, y a medida que crece la exigencia personal, también lo hace la calidad de los instrumentos que se buscan y se valoran.
En su experiencia, muchas veces resulta más rentable construir un instrumento nuevo que afrontar la reparación de uno de escaso valor musical. Sin embargo, reconoce que en la Tuna el valor no siempre es técnico: hay instrumentos que se reparan por historia, por vínculo, por lo que representan. En su caso, la luthería no es una profesión, sino una vocación. Y por eso, el tiempo invertido no se mide en horas… sino en satisfacción.
Luthier aficionado — España
Miguel Ángel González “Verdi” — Tuna de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid (España)

En algunos casos, la luthería comienza como aprendizaje… y termina convirtiéndose en una profesión. Así fue el camino de Miguel Ángel González, “Verdi”, tuno de la Tuna de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, quien lleva más de seis años dedicado a este oficio tras formarse en Bogotá con el maestro Alberto Paredes.
Desde entonces, ha centrado su trabajo en la construcción de instrumentos de cuerda pulsada, principalmente guitarras, bandurrias, requintos y ukeleles de concierto, además de una amplia labor en reparación y restauración, donde —como él mismo reconoce— ha trabajado con instrumentos de todo tipo, algunos incluso difíciles de clasificar.
Su visión introduce un matiz interesante dentro del conjunto de luthiers: considera que ser tuno no influye directamente en la construcción, aunque sí ayuda a comprender mejor lo que el músico necesita. Una diferencia sutil, pero importante.
Para él, el verdadero sonido de la Tuna no depende tanto del instrumento como del trabajo detrás: el ensayo. Siempre que el instrumento cumpla unos mínimos —afinación correcta, buena emisión y ausencia de problemas técnicos—, será el conjunto el que determine el resultado final.
También aporta una reflexión muy clara sobre la evolución del tuno: en etapas más activas se busca potencia y volumen, mientras que con el tiempo aparecen preferencias por sonidos más cálidos y matizados, más cercanos al concierto.
Entre sus trabajos, destaca una anécdota peculiar: la restauración de un charango que debía ser completamente “vegano”, sustituyendo materiales tradicionales de origen animal. La solución fue sencilla y eficaz: ébano.
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Diego Dabrio “El Prusiano” — Tuna de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid (España)

Hay trayectorias donde la luthería no nace de una decisión puntual, sino de una combinación de curiosidad, habilidad manual y evolución natural. En el caso de Diego Dabrio, “El Prusiano” tambien de la Tuna de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid como Verdi, su primer contacto con este mundo se remonta a 1996, con tan solo 17 años, cuando realizó un cursillo de luthería centrado en instrumentos de cuerda frotada.
Aunque el universo del violín o la viola difiere del de la cuerda pulsada, aquel primer acercamiento le permitió comprender principios comunes en la construcción de instrumentos. A ello se sumaba una inclinación previa hacia el trabajo manual y la creatividad, desarrollada desde joven a través de maquetas y aeromodelismo. Su entrada en la Tuna reforzó ese vínculo, llevándolo de forma natural a experimentar con bandurrias, laúdes y guitarras, siempre desde una perspectiva autodidacta.
Durante años centró su actividad en la reparación y el ajuste de instrumentos, pero no sería hasta 2021 cuando daría el paso hacia la construcción, enfocándose especialmente en la bandurria. Su interés por este instrumento responde a una idea clara: considera que, a diferencia de la guitarra, aún tiene margen de mejora en su diseño tradicional, lo que le permite explorar nuevas soluciones.
Su enfoque es marcadamente técnico. No construye instrumentos específicamente para Tuna o concierto, sino que busca desarrollar instrumentos de la mayor calidad posible, adaptables a distintos contextos. Aun así, reconoce diferencias claras entre ambos mundos: la Tuna exige instrumentos más resistentes, con barnices duros como el poliuretano, registros más agudos para destacar en exteriores y, en muchos casos, materiales más económicos. Frente a ello, el instrumento de concierto prioriza equilibrio sonoro, riqueza armónica y sensibilidad en la respuesta.
Para Diego, más allá del instrumento, lo esencial sigue estando en el intérprete. La capacidad de adaptación del tuno —al entorno, al repertorio, al momento— es tan importante como la del propio instrumento. Y en su caso, esa búsqueda de comprensión lo ha llevado a desarrollar proyectos poco habituales, como una bandurria modular que le permitió experimentar con distintas tapas, cajas y escalas, analizando los resultados mediante técnicas como la transformada de Fourier. Una forma de acercarse a la luthería donde tradición y análisis conviven en equilibrio.
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Dick Flores “Coyote” — Tuna de la Universidad Nacional Agraria La Molina (Perú-Chile)

En muchos casos, el camino hacia la luthería comienza desde el uso del instrumento. En el caso de Coyote, peruano de nacimiento pero radicado en Chile desde 2011, también de la Tuna Agraria de la Molina como Enrique, su relación con la construcción nace desde sus inicios en la Tuna, cuando empezó a reparar y mantener sus propios instrumentos por necesidad. No obstante es en Chile desde donde ha desarrollado gran parte de su trabajo.
Desde entonces desarrolló una mirada atenta, observando cada intervención, cada ajuste, entendiendo qué se hacía y por qué. Ese aprendizaje informal fue construyendo una base que años después le permitiría dar el siguiente paso.
Fue en 2020, durante la pandemia, cuando decidió iniciarse en la construcción. Su primera experiencia fue junto a su suegro, quien ya contaba con conocimientos de luthería y ebanistería, y quien tuvo un papel clave en ese proceso inicial.
Desde entonces ha trabajado una amplia variedad de instrumentos: guitarras, bandurrias, laúdes, cuatros, charangos, ukeleles y otros, incluyendo propuestas propias como la Bandurria Pocket o la Bandurria Viajera. Esa diversidad refleja una búsqueda constante por adaptarse a diferentes necesidades.
Su enfoque combina funcionalidad, mantenimiento y accesibilidad, entendiendo que muchos tunos comienzan con recursos limitados. Además, apuesta por la personalización, desarrollando instrumentos únicos que reflejan la identidad de quien los encarga.
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Darwin Rumaldo “Cocoliso” — Tuna de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán (Perú)

Hay historias donde la música y la luthería nacen al mismo tiempo. En el caso de Darwin, “Cocoliso”, su camino comenzó hace unos 15 años, en 2008, el mismo año en que conoció la Tuna de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán. Fue también entonces cuando entró en contacto con quien sería clave en su formación: el luthier Elías Fabián Susano, de la Escuela Politécnica.
Su interés inicial no era construir, sino aprender a tocar guitarra eléctrica. Sin embargo, ese primer acercamiento lo llevó a dar un paso más allá. Motivado por la curiosidad, le pidió a su maestro convertirse en su aprendiz. En septiembre de ese mismo año fue aceptado, iniciando así un proceso formativo que marcaría su trayectoria.
Desde ese momento comenzó a construir instrumentos acústicos, para luego ampliar su trabajo hacia instrumentos eléctricos. Con el tiempo ha desarrollado una amplia experiencia, trabajando con guitarras de cuerdas de nylon, guitarras tipo dreadnought de cuerdas metálicas —incluyendo réplicas inspiradas en Martin y Taylor—, así como charangos, ukeleles, cuatros venezolanos, bandurrias españolas, laúdes, guitarras eléctricas y bajos. Aún mantiene como reto pendiente la construcción de vihuelas y guitarrones mexicanos.
Su experiencia como tuno ha influido directamente en su forma de entender el instrumento. Comprende las distintas necesidades del músico según el contexto: instrumentos con mayor ataque para el parche o aquellos más equilibrados y definidos para estudio o grabación. Esa doble visión le permite adaptar su trabajo a diferentes usos dentro de la música.
Para Darwin, un buen instrumento debe ser cómodo al tacto, ofrecer un sonido definido y agradable, y, sobre todo, motivar al intérprete a seguir tocando y progresando. Distingue claramente entre instrumentos de baja calidad —fabricados con materiales poco adecuados— y aquellos pensados para la Tuna, que deben estar bien calibrados, construidos con criterio sonoro y preparados para soportar largas horas de ensayo, parche y vida tunante.
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🎶 Epílogo: la Tuna también se construye
Si algo dejan claro todas estas historias es que la Tuna no solo se canta, no solo se toca… también se construye.
Se construye en cada instrumento que resiste una noche de ronda, en cada reparación que devuelve la vida a una bandurria, en cada decisión de madera, tensión o sonido que busca algo más que técnica: busca identidad.
Porque el tuno no solo interpreta música: También la entiende y algunos, además, la crean desde su origen, desde la madera, desde el silencio previo a la primera nota. Ahí, en ese punto donde aún no hay sonido, también vive la Tuna.
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