Tunos y Charros, cuando ambos se cruzan en la misma persona
En el mundo, la tradición universitaria de la Tuna y la fuerza popular de los Charros y Mariachis han terminado encontrándose en un terreno inesperado: la experiencia personal de músicos que viven ambas expresiones con la misma convicción.
Aunque nacieron en contextos distintos —la Tuna en el ámbito académico ibérico, marcada por el proceso formativo y la hermandad, y los mariachis y charros como símbolo profundo de identidad mexicana y expresión popular— comparten elementos que las acercan de manera natural: la serenata como lenguaje, el traje como representación visible de pertenencia, la noche como escenario y la música como puente directo hacia la emoción colectiva.
No son equivalentes.
No responden a los mismos códigos.
Pero se reconocen.
En Perú, en España, en Chile y en el mismo México, no son pocos los músicos que han transitado ambos caminos. Algunos comenzaron bajo una capa universitaria y luego abrazaron el sombrero de charro. Otros crecieron entre rancheras y terminaron encontrando en la Tuna una escuela de carácter.
Cuando ambas tradiciones coinciden en una misma persona, no se diluyen. Se enriquecen.
Tradición heredada, tradición conquistada
Uno de los casos más representativos es el de Samuel Zevallos Echevarría, conocido como el Tuno Charro de la Tuna de Contabilidad de la Universidad de San Martín de Porres.
Su historia con el mariachi comenzó incluso antes de su vida en la Tuna.
En su caso, la música ranchera no fue una moda ni una oportunidad laboral: fue herencia familiar. Creció escuchando esas canciones, entendiendo su dramatismo, su potencia vocal y su conexión con el público.
“Mi relación con el mariachi es por mi padre, que era cantante de música mexicana”.
Pero cuando llegó la Tuna, llegó algo distinto.
En una de sus experiencias en su viaje a Europa, compartió escenario con el Mariachi Barcelona, escribió una frase que resume su sentir:
“Chiviando con el Mariachi Barcelona… esto es un sueño. Me siento bendecido en Ocata, El Masnou, Barcelona.”

Esa expresión no es solo entusiasmo. Es la confirmación de que la música abre fronteras.
Ante la pregunta inevitable —¿qué es mejor, la Tuna o el mariachi?— su respuesta fue directa, sin rodeos:
“Esa pregunta ni se pregunta. Cualquiera puede ser mariachi, pero para ser tuno hay que ser pardillo… y hay que ganarse la beca”.
Más allá del tono firme, su reflexión apunta a algo profundo: la Tuna no es solo interpretación musical; es proceso formativo. Implica atravesar el pardillaje, someterse a disciplina, crecer dentro de una estructura jerárquica y finalmente ganar la beca como reconocimiento.
El mariachi puede ser escuela musical.
La Tuna es escuela de vida.
Del pardillaje al mariachi internacional: el camino de Rómulo Prieto Paz
Otro testimonio que refleja esta dualidad entre Tuna y mariachi es el de Rómulo Prieto Paz, “Scrúpulos”, de la Tuna de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle – La Cantuta.
Su vínculo con la música comenzó desde niño, cuando integró la banda de su colegio entre 1995 y 2004, teniendo a la trompeta como primer instrumento. En 2008 ingresó a la Tuna de Magisterio, donde permaneció hasta 2011. Allí aprendió no solo repertorio, sino algo más profundo: conexión con el público, dominio escénico y el arte de la ronda.
Tras una sanción que consideró injusta, decidió dar un paso al costado en 2011. Sin embargo, lo que parecía un cierre se convirtió en un nuevo inicio. En 2012 fundó el Mariachi Lechuzas de Chosica, agrupación que lleva con orgullo el nombre de su tierra. Con disciplina y visión empresarial, logró posicionarla rápidamente, llegando a presentarse ante figuras públicas y autoridades.

Su historia dio un giro internacional en 2023, cuando fue invitado al Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería en Guadalajara, México, convirtiéndose en el primer tuno peruano en recibir una certificación internacional por la Cámara de Comercio de Guadalajara. En 2025, llevó a su propia agrupación a ese mismo escenario, logrando la certificación oficial como mariachi tras una exitosa gira por Jalisco.
La vida cerró el círculo en 2021, cuando la Tuna de la Cantuta levantó su sanción y le devolvió su beca. Hoy vive un equilibrio entre ambas pasiones: lidera su mariachi, pero cuando el tiempo lo permite, vuelve a vestir la capa y recorrer su alma máter.
Para Rómulo, la Tuna no fue un capítulo aislado, sino la base formativa que fortaleció su carrera artística. Y su historia demuestra que, lejos de excluirse, ambas tradiciones pueden impulsarse mutuamente.
De Salamanca al mariachi: la ruta musical de Raúl “Alipín”
Si ampliamos la mirada más allá, encontramos historias que confirman que esta dualidad entre Tuna y Mariachi no es casualidad ni fenómeno aislado. Desde España nos comparte su experiencia Raúl Francisco Velasco Presa, tuno «Alipín», de la Tuna Universitaria de Salamanca.
Curiosamente, su relación con la Tuna no empezó con entusiasmo.
“No me gustaba la Tuna”, confiesa.
Ingresó a la Escuela de Peritos Industriales de Béjar, de la Universidad de Salamanca, y fue casi por casualidad que el destino lo empujó hacia la tradición. Un amigo vio un acordeón en su casa y lo invitó a integrarse a la Tuna de Peritos Industriales de Béjar. Aceptó. Y ahí comenzó todo.
Con el tiempo, ya siendo veterano en Béjar, decidió dar un paso más y entró como novato nuevamente en la Tuna Universitaria de Salamanca. Una decisión que demuestra algo muy propio de esta tradición: nunca se deja de aprender.
Su camino no se detuvo ahí. Pasó también por la Tuna de Enfermería, Fisioterapia y Podología de la Complutense de Madrid, y formó parte de la Orquesta de Pulso y Púa de Madrid, integrada por tunos. Su formación musical se expandió hacia múltiples escenarios, incluyendo el coro del Ejército y otros proyectos artísticos.

“Soy músico nato, toco muchos instrumentos”, afirma con naturalidad.
Y como en varios de nuestros testimonios, la raíz del mariachi tiene una historia familiar. Su padre escuchaba música ranchera, Luis Alberto del Paraná y Los Tres Paraguayos. Esa influencia sembró una inquietud que con el tiempo lo llevó a reunirse con amigos y formar su propio grupo de mariachi.
Junto a su amigo Paulino Bernabé —reconocido luthier— construyó un guitarrón mexicano con un sonido excepcional, demostrando que la pasión también puede materializarse en instrumento propio.
Cuando le preguntamos cuál es mejor, si la Tuna o el mariachi, su respuesta fue tan elegante como certera:
“Son cosas que no se pueden comparar… como Messi y Cristiano”.
No es competencia. Es grandeza distinta.
Raúl aún mantiene un deseo pendiente: viajar a México, la cuna del mariachi, y cerrar así un círculo musical que comenzó casi por accidente en Béjar.
Su historia confirma algo que ya venimos entendiendo: cuando la música es auténtica, no reconoce fronteras. Solo suma caminos.
Desde Iquique: la herencia doble de Dante “Lechón”

Desde el norte de Chile, en Iquique, nos comparte su historia Dante Valdés Peralta, Tuno “Lechón”, de la Tuna de Distrito de la Universidad Arturo Prat.
En su caso, la dualidad entre Tuna y mariachi no fue una elección posterior. Fue herencia dividida en casa.
Desde pequeño, la música ha sido el pulso de mi vida, cuenta. Su madre llenaba el hogar con rancheras, melodías cargadas de emoción y raíces. Su padre, en cambio, lo llevó desde niño a los encuentros de Tuna, sembrando otra semilla.
“Con la Tuna viajarás y vivirás grandes aventuras”, le decía.
Y así fue.
Para Dante, la Tuna no solo fue música, sino escuela de carácter. Resiliencia, camaradería y trabajo en grupo son valores que hoy define como pilares de su vida. Habla de la Tuna como universalidad, espontaneidad y alegría compartida. No importa el detalle del traje; importa el espíritu y la beca sobre el pecho.
Con el tiempo, entendió que ambas tradiciones comparten algo esencial: la pasión por la música y la conexión directa con el público. Pero también encontró una diferencia que resume con claridad:
“Ser tuno es una bendición; ser mariachi, una pasión.”
En esa frase se concentra toda su reflexión. La Tuna representa formación, proceso y hermandad. El mariachi simboliza entrega inmediata, fuego escénico y emoción intensa.

Y cierra con una idea que eleva el debate:
“Llevar la beca del tuno o el moño del mariachi no es solo usar un vestuario, sino portar con orgullo una historia y una responsabilidad.”
Desde Chile, su testimonio confirma que esta conversación ya no pertenece a un solo país. Es un fenómeno latinoamericano que conecta generaciones y geografías.
Desde Monterrey: cuando el mariachi elige la Tuna

Y para cerrar con broche de oro, no podía faltar México, el país de los mariachis y charros. Si esta conversación ha cruzado Perú, España y Chile, era inevitable que el cierre nos llevara a la cuna del mariachi. Porque hablar de charros y no mirar hacia México sería dejar la historia incompleta.
Desde Monterrey nos comparte su experiencia José de Jesús Martínez Lomas, Tuno “Peter”, de la Tuna de la Facultad de Contaduría Pública y Administración de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
A diferencia de muchos, su camino comenzó primero en el mariachi.

Desde los 12 años vive la música mexicana. No proviene de una familia de mariachis —sus padres no eran músicos— pero en la secundaria integró un grupo musical donde empezó con trompeta. Poco después formó parte de un mariachi infantil, tocando en fiestas, bodas, quinceaños y bautizos. Con el tiempo dominó también el guitarrón, instrumento que hoy alterna con la trompeta según lo requiera el grupo.
Su crecimiento fue constante: integró agrupaciones juveniles en Monterrey y consolidó una carrera activa en el mariachi, actividad que hoy sigue ejerciendo los fines de semana, pues profesionalmente es contador público y gerente de cobranza en una financiera.
La Tuna llegó después.
Durante el curso inductivo en la universidad vio por primera vez los trajes, las capas, la beca. Algo le llamó profundamente la atención.
“Yo quiero pertenecer a este grupo”, se dijo.
No fue sencillo. Los fines de semana coincidían con sus compromisos en el mariachi. Tuvo que alternar: algunos sábados con la Tuna, otros trabajando. Incluso hubo días en que cumplía parche por la mañana y por la tarde se vestía de charro.
Al inicio, en la Tuna le dijeron que el guitarrón no era un instrumento habitual. Empezó tocando guitarra, instrumento que apenas dominaba. Pero en eventos importantes volvió a su esencia: el guitarrón.
Y ahí encontró algo interesante.
“El guitarrón luce mucho en la Tuna. Lleva la base de toda la música y le puede dar un toque mexicano.”
Para Peter, el instrumento que es alma del mariachi también puede convertirse en fuerza dentro de la Tuna.
Pero la reflexión más potente llegó cuando le preguntamos qué prefería.
Sin titubeos respondió:
“A pesar de toda la atención que tengo en el mariachi, yo escogería mil veces la Tuna.”
¿La razón?
Porque, según sus propias palabras, en la Tuna aprendió más que en el mariachi.
El mariachi —explica con honestidad— es en México también sustento económico. Es trabajo. Se llega, se interpreta, se cumple con el evento. Hay ensayo, hay giras, hay acompañamiento a artistas. Pero es profesión.
La Tuna, en cambio, le dio algo distinto:
“Te forja en valores. Te forma como hombre de carácter. Te enseña a resolver.”
Habla también de algo que marca diferencia: la apertura. Mientras en el mundo del mariachi suele haber más competencia y celo profesional, en la Tuna encontró fraternidad, intercambio y aprendizaje colectivo.
“Si me dan a escoger, mil veces la Tuna.”
Y que esa frase venga desde la tierra donde nació el mariachi le da a este artículo un peso simbólico imposible de ignorar.
Dos mundos que no compiten, se complementan
Hoy ya no hablamos solo del Perú. Este fenómeno se repite en España, Chile, México y en distintos rincones donde la Tuna ha echado raíces y el mariachi ha cruzado fronteras.
En muchos países, el mariachi representa una oportunidad profesional: eventos constantes, proyección inmediata, giras y una actividad que, para muchos, es sustento económico. Es escenario, es oficio, es pasión hecha trabajo.
La Tuna, en cambio, suele vivirse como vocación universitaria, como pertenencia, como proceso formativo. No se entra simplemente a tocar; se atraviesa un camino. Se aprende. Se crece. Se gana la beca.
Y sin embargo, lejos de enfrentarse, ambas experiencias se nutren mutuamente. Lo que se aprende en una fortalece la otra. La disciplina del mariachi potencia la interpretación; la formación de la Tuna fortalece el carácter.
El peso simbólico del traje
Hay un detalle en el que todos coinciden: el traje no es solo vestimenta.
El traje de charro impone presencia, elegancia y carácter escénico. Representa tradición nacional y orgullo cultural.
La capa y la beca, en cambio, simbolizan mérito, proceso y pertenencia. No se compran. No se improvisan. Se conquistan.
Uno se viste.
El otro se gana.
Y ambos pesan. No por la tela, sino por la historia que representan.
Una identidad musical que cruza fronteras
Lo que comenzó como una conversación local terminó revelando algo más amplio: la capacidad de nuestras tradiciones para dialogar más allá de los países.
Desde Monterrey hasta Salamanca, desde Iquique hasta Lima, la música demuestra que no existen fronteras cuando hay identidad.
No se trata de elegir entre Tuna o mariachi.
Se trata de entender que ambas pueden convivir en una misma vida.
La música no divide.
La identidad suma.
Y mientras existan tunos que también canten rancheras, y mariachis que respeten la tradición universitaria, seguirá vivo ese puente cultural que demuestra que las tradiciones no compiten: dialogan.
Y aunque en este artículo hemos recogido algunos testimonios representativos de Perú, España, Chile y México, sabemos que la lista no termina aquí. En el Perú también forman parte de esta historia otros tunos que han vestido el traje de charro sin dejar la capa: Cangrejo, Langosta, Patán, Towi, Diablo, T15 y Acerito de la UCV Trujillo; PC de la UCV Piura; Boyer y Yajirobe de la Universidad Nacional de Tumbes; Huevito de Codorniz de La Cantuta y no podíamos dejar de mencionar a los hermanos Pachamanca de Tacna que los 3 también son charros y que tienen un post propio y muchos más. Y así como en nuestro país, también existen casos similares en España, Chile, México y otras latitudes donde la Tuna y el mariachi se han encontrado en una misma vida. La cantidad es tal que este post podría volverse interminable. Si hay otros nombres que merecen ser mencionados los invitamos a citarlos en los comentarios. Porque si algo demuestra esta travesía entre capas y sombreros, es que esta hermandad musical sigue creciendo y cruzando fronteras. 🎩🎺
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